El rincón tuejano

Agustin, El Lucero

 

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“El molino de la luz”

 

Leo en la página, y veo también, la escritura en la que se puede conocer el inicio del suministro eléctrico al pueblo.

 Años después, aunque no muchos, el tío Agustín “el Lucero” (porque hacía la luz) regentaba el “molino de la luz”, supongo que el mismo al que se refieren los documentos conocidos, ubicado encima de la fuente del Saz.

 Tuve la oportunidad, siendo muy, muy pequeño, de acompañarlo en el “molino” algunos ratos. El tal “molino” no era más que una turbina movida por la fuerza del agua en un salto improvisado. La turbina tenía el tamaño de una televisión pequeña, no de las modernas de plasma, sino de las antiguas (no se si todavía podrá verse en el antiguo caserón), y suministraba electricidad al pueblo en cantidad suficiente para enrojecer los filamentos de aquellas bombillas (peras) rudimentarias, que en vez de dar luz daban tinieblas, pero esto será otra historia.

 Agustín “el Lucero”, además, era “abuelo de leche” mío. Su mujer, Vicenta, había criado a mi madre porque mi abuela carnal, Leandra, no tenía leche, y por entonces no se conocían las leches maternizadas ni otras leches, por lo tanto yo era una especie de nieto mayor suyo.

 Había muy buena relación con la familia, y la sigue habiendo a pesar de que hace años que no nos vemos, pero en aquellos entonces, al “abuelo” Agustín le gustaba llevarme con él cuando iba a “echar la luz”, es decir, poner la turbina en marcha abriendo una portilla y dejando caer el agua entonces muy abundante sobre las paletas del “molino”.

 Me contaba historias de la “guerra de África”, en la que había participado, y también de cuando trabajaba para los curas  Escolapios, tema que me interesaba mucho porque por entonces estudiaba yo en ese colegio. Lo contaba de tal manera que se me pasaba el tiempo escuchándolo sin darme cuenta.

 En otra ocasión contaré alguna cosa relacionada con la acequia que llevaba el agua a la turbina y un gran aficionado a la pesca, persona a la que admiro y aprecio a partes iguales, el tío Juan “el Maestro”.

 Pero la historia de hoy tiene que ver con el suministro eléctrico al pueblo y las cañas.

 Por aquellos entonces, finales de los ’50 o primeros ’60, solía pasar el verano en Tuéjar, al menos el mes de Agosto. Solíamos irnos primero mi madre y yo, y luego acudía mi padre si el trabajo se lo permitía.

 El caso es que la chiquillería disfrutábamos de lo lindo sin aburrirnos en ningún momento, y eso que no teníamos prácticamente ningún juguete más que los que nos fabricábamos nosotros mismos. Por allí triscábamos el Pepito del “Gelipe”, José Luis el Escobero, subía el Ramón Ángel, desaparecido tan tempranamente, y algún otro que no recuerdo.

 Uno de las diversiones consistía en coger cañas lo más largas posible y ponerles en una de las puntas un alambre o similar para tirar los nidos de pájaros que pudiéramos descubrir entre los huecos de las piedras en las fachadas de las casas.

 A mí no me hacía mucha gracia este “juego”, me daban pena los pajaritos, no olvidemos que yo era un niño de la “capi”, pero seguía a los demás en sus correrías. Por lo general ellos encontraban cañas adecuadas, pero yo casi nunca, así que un día que se me llevó el “abuelo” Lucero, descubrí junto a la acequia un cañar impresionante. Recordemos que entonces no había más que una senda para llegar al “molino de la luz”, por el margen de una acequia que a mí me parecía el Amazonas.

 Le dije al abuelo que quería la caña más larga, pero me dijo que no se podían coger, que las cañas eran del tío no-sé-qué. Es igual, pensé yo, a la vuelta ya arrancaré la más larga.

Efectivamente, antes que se hiciera de noche, el “abuelo” Lucero me envió para casa, y ni corto ni perezoso, con bastantes esfuerzos arranqué la mejor caña que vi.

 Venía hacia el pueblo jugando con la caña como si fuera el Cid, ya cerca de la ermita sí había camino, y los dos cables que traían la electricidad al pueblo los habían instalado paralelos justo por encima del tal camino.

 Pues eso, sin darme cuenta, con la caña junté los dos cables y debió armarse un pifostio bueno, pues cuando llegué al pueblo, ya “bocanoche”, no habían más luces que la de los candiles de aceite.

 En ese momento mis conocimientos sobre electricidad eran nulos, pero más adelante, recordando el suceso, me enteré de que el autor del estropicio había sido yo, y este es el día en que, habiendo prescrito el delito, lo confieso públicamente.

 

Tonet, El Tejero

 

 

 

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