El rincón tuejano

   

 Aquellos tiempos del Cuplé

Galerias fotográficas

 

El matapuerco

En aquellos tiempos en que las tareas de campo dictaban el devenir de las estaciones y los tiempos, la Matanza ocupaba, sin duda, un lugar destacado. 

Eran tiempos de vivir de lo que daban los bancales, algún jornal y los animales que compartían una casa de labranza típica en una sin   par granja para la subsistencia.

Cuidábamos de ellos y alimentábamos, lo que era, en muchas ocasiones, una carga como aquéllas que nos ayudaban a acarrear. Mal vendíamos o cambiábamos al tratante de turno. Su calidad era el orgullo de la casa; su enfermedad, nuestra tragedia. Muchos terminaban en la  mesa con motivo de alguna celebración o la llegada de algún  notorio visitante de “allá abajo”.

Caballo, macho o burro, dependiendo de la categoría, entraban y salían  para las faenas; buenas gallinicas ponedoras; aquella vaca que con suerte daba algún ternero; muchos conejos y puede que alguna borrega…Y lo que no podía faltar: el puerco. Lo suyo era poseer una buena hembra que diera muchas camás ¡Menuda faena cuando había que llevarla a que la montara el  “barraco”!  Aún lechales, se vendían para conseguir pagar  el veterinario y  el pienso; si  el precio era bueno hasta para adquirir una cabra, a ser posible una “montesa”, para el matapuerco. Y no todos, pues se reservaba uno que solía ser el que por “cascarrica” habían rehusado. Comenzábamos  su engorde  alimentándolo  con manzanas y patatas de “destrío”, remolacha y peladuras varias,  en una eterna caldera que nunca faltaba en las lumbres de aquellas casas y que se le servía mezclado con el “salvao”, producto de  la “molienda”.

Se iba haciendo grande y comenzaba a romper ,una y otra vez, la puerta de la mil veces remendá porcatera, en un hacer males presintiendo lo que se le avecinaba. Inexorable,  su san Martín  llegaba con diciembre y sus escarchas o se alargaba hasta bien entrao enero, si la recolección de la oliva  apretaba; a ser posible en martes que la diosa luna y el calendario Zaragozano marcaban las pautas.

Una serie de preparativos lo anunciaban: ir al monte a por aliagas con las que socarrarlo, escaldar y limpiar lebrillos y jarras; compra de especias y tripas  que una vez arreglaicas se inflaban y ponían a secar como guirnaldas anuncio de la fiesta; remendar clavos y cañizo; dejar  a mano, o irlos a buscar, los utensilios especiales que como el caldero grande, capoladora  y embutidora  se compartían entre los allegaos;  pelar y cocer la cebolla... Mi  madre que trajinaba subiendo y bajando al amasador pues tocaba llenar la artesa o que se iba al horno, a preparar las “tortas del matacerdo”, hechas con masa de pan quemao , pansas y nueces,  y  las del gazpacho .  Mientras que mi padre, pedía la tanda al matarife,  fuera el tío Turubio, Camote o Melguizo, otro oficio desaparecido, e iba a por la mesa del puerco que para el efecto se hacía servir y que el evento, arrimá a la puerta, anunciaba.

Aparecían los familiares y allegaos que compartirían tareas y festejo.  Llegada la hora, mejor por la tarde, se sacaba de su porcatera, no sin fuerza y anécdotas muchas de cómo tiraba y hasta se escapaba. Se subía a la mesa y sujetaba hasta por vecinos a los que se les pedía echaran una mano. Recuerdo como a los más peques de la casa nos tocaba tirar del rabo y me parece sentir  los grandes chillidos que pegaba; veo a mi prima Escolástica  a quien como moza mayor le tocaba, menear la sangre para que no se coagulara y las morcillas mejor supieran. Seguidamente se le colocaba en el suelo donde socarrábamos y pelábamos para, a continuación, devolverlo a la mesa donde nos tocaba lavarlo rascándolo con toscas al tiempo que las mujeres nos iban echando agua caliente a cacicos. Una vez limpico, el oficiante afeitaba y remataba cortándonos el esperado rabo por el que la chiquillería porfiábamos en comérnoslo asao. Le enjuagaba bien la boca, cortaba los garrones y  colocaba echado en una postura que ridiculizábamos como que estaba rezando. Abría en canal  e iniciaba su despiece, aquello sí que era una lección de anatomía, pasándonos las piezas que poco a poco íbamos subiendo a la cubierta, aquel ultimo piso sin ventanas  en el que se guardaban las cosechas. Allí  nos esperaban las mujeres que por cierto, iban ataviadas para la ocasión con blancos delantales, manguitos y pañuelos e iban extendiendo en el cañizo. No faltaba el trozo que envolvía cuidadosamente para  que el alguacil de turno llevara al veterinario. Todo se aprovechaba y ni que decir tiene, que hasta las tripas, para ser usadas con los embutidos o las “morcas”.

Listo y transportado, se aseaba la mesa, aclaraba la calle de trastos y el hombre recogía sus bártulos en la sarrieta. Era el turno para la cabra o cordero cuyas chuletas, de palo, deleitarían la cena, enriquecería los chorizos y  mejor sabrían los embutidos. En acabar, se convidaba al matarife y parroquia a deleitar un piacico torta acompañada de aguardiente y con los mejores parabienes se despedían hasta el año siguiente.

Principiaba el trabajo de ir separando y seleccionando las partes que se querían picar para hacer los embutidos y aquellas  otras destinadas a salar. Cortaban y cortaban en tiras aquellas carnes “magras” hasta deshuesarlas, dejándolas clasificadas y listas hasta mañana, en una retahíla de lebrillicos para que mejor se orearan  Hora de cenar y los mayores de la casa, encargados del fuego, ya tenían listo el particular puchero  que venía a ser un cocido cuyo caldo servía de base a un suculento arroz y de segundo, fritá del matapuerco a base de unos ajicos y unos  trocicos de tocinico magroso, hígado, garganchón o magro y las chuletas por las que reñíamos, en aquella particular sartén gigante con mango largo y asas: la sartén del susodicho.

Muy tempranico toda la carne se trituraba en la “capoladora”, máquina que llevaba unas cuchillas y que había que mover a manivela. Dependiendo del embutido al picadillo se le añadían especias, tocino  o partes en una receta que aunque fuera la misma cambiaba de una casa a otra. Había que removerla y amasarla para pasar a embutirla con otra particular herramienta, la “embutidora” consistente en una especie de embudo gigante al que una palanca iba empujando la pasta. Otras veces se hacía servir la misma máquina de capolar, a la que se le quitaban las cuchillas y se le ponía un embudo, o a mano y a base de embudico. Con cuidado se llenaban aquellas tripas y tras el atado iban colgándose para comenzar el proceso de secado. Algunas clases como las güeñas necesitaban la cocción previa de las vísceras; otras,  como las morcillas requerían, tras el atado, el cocerlas. Apartadas la espalda, la costilla, el lomo, el tocino, el espinazo, las patas, el morro y las orejas, y el pernil, se frotaban con limón y salaban con sal  gorda, dejándose   reposar, cubiertas  durante varios días, en un especial cuarto pequeño con poyete y desagüe para que fuera soltando el agua  y del que  había que estar diariamente vigilante: el salador.

A la par, también habían caído  un pollo y conejo con los que se preparaban unos gazpachos que se servían pa comer y de segundo más sartén. Mi hermano que asaba y nos repartía el “cate” (un puñadico de sin embutir enrollado en papel) o el “perro” (estómago limpio y y restregao de limón y sal)

 Se vaciaba el cañizo y daba gozo ver la cubierta  con todas aquellas ristras colgadas de longanizas, chorizos, morcillicas de pan,  cebolla o carne, sobrasá, salchicha… Caía la tarde, se escaldaban y guardaban los cacharros y  se fregaban los últimos vestigios. La cena era una fiesta entre cantes y chascarrillos.  Nos despedíamos hasta el “Sofrito”.

Francisco Torralba López

 

Aquellas caballerizas de antaño

 En mi particular viaje al pasado, descubro, entre las fotos descoloridas y agrietadas de mis recuerdos, a un protagonista de aquellos tiempos en el pueblo, fuera burro o burra, yegua o caballo, mula o mulo: la caballería.  Indispensable para el labrador de entonces, su número y raza marcaban la riqueza de la  casa  pero lo corriente era tener uno de aquellos “machos”, un mulo romo mezcla de yegua y burro, con los que crecí  y del que irá el relato.

 Parece, como si fuera ayer, cuando las veía desfilar ante nuestra puerta en interminable hileras  cargados de mil cachivaches y cosechas. A su grupa, caras de las que aún oigo los saludos y me traían nuevas. Aún las diviso, entre los largos caminos y empinadas rochas chelvanas y a donde a los chiquillos nos mandaban a recoger moñigos con los que engrosar la hoya y tener más  estiércol para las plantas.

 Era, primero de todo, el vehículo que se movía muy bien en todos los terrenos, fueran piedras, monte, sendas y baches  y al que porfiábamos por montarnos la chiquillería arrimándolo a una horma  para poder subirnos. Si iba cargado y no podíamos nos cogíamos del rabo para que tirara de nosotros en la cuesta arriba. Mi primer viaje largo, fuera del pueblo, unos raticos a pie y otras montado en él, lo hice. Como anécdota de su importante papel en aquellos días les cuento que a mi padre se le dio un mulo y un cerezo a puntico que tuvo que cosechar e ir  a kilómetros a venderlas para sacar algo con lo que irse de viaje de novios.

 En su andar lento y repiqueteo del hierro con el empedrado escuché mil historias de guerra, mili y aventuras de mis mayores. Sus vaivenes fueron la cuna para preguntarles por otros mundos y dar rienda suelta a ensoñaciones futuras.

 Entre todos era al primero que se le daba de comer; el aparejarlo resultaba todo un ritual que anunciaba la inminente salida. A la llegada al campo quedaba atado durante horas, paciente como ninguno aunque lo oyéramos relinchar barruntando cualquier cosa  o haciendo hoyos. Sufridor como nadie por las muchas moscas y tábanos que le acudían. Ni frío, ni calor, ni aire. A veces, hay que decirlo, se “ensobinaba”,o sea que se escapaba corriendo y dando soplidos sin importarle siquiera el echarte a tierra o despanzurrar carga y aparejos por doquier. Tocaba perseguirle  y maldecirle; cuando se cansaba dejaba de ser rebelde y volvía al redil  entre  sofocos y estropicios varios. Tras la jornada nos llevaría de vuelta a casa; viaje que se aprovechaba para acarrear algo: lo recolectao, un poico de leña, hierba pa los animales …en aquel serón mil veces remendao

 Pero sobre todo, era el animal de carga y ayudante indispensable y fiel en las innumerables faenicas: labrar (tanto, que hasta la medida agraria tradicional son los días de ídem); transportar mil y una cosa o trillar (donde ni las vueltas le mareaban como sabiendo lo importante que era y eso, que para él sólo guardábamos la paja); maestro en el arrastre  (forzudos como ninguno y tan afamados como nuestros madereros de antaño)… ¡Tantas y tantas!. El saber llevarlo, labrar con él y cargarlo, era todo un arte  entre nudos y mejor aguante. Ante el mucho trabajo se acudía al “apareo” que implicaba el juntarlo a otros pues sus dueños habían acordado el juntar brazos y bestias para ayudarse mutuamente ante faenas que corrían prisica

 Hasta la casa se adaptaba a él: Puerta principal de 2 hojas para poder entrar y salir cargao, cuadra con su pesebre y muchas veces escarbada en la roca de aquellas edificaciones moras; con su pajar encima, donde guardar su comida. Por él y para él también nos tocaba trabajar de lo lindo: cosechábamos una alfalfa (chelvana y famosa que hoy también ha desparecido) que había que segar, secar, y almacenarla para que el señorito tuviera algo que llevarse a la boca. Aún le veo mascándola y dando lengüetazos, de vez en cuando, a la piedra de sal que nunca, tampoco, le faltaba. Y es que hasta las cosechas tenían su categoría y clase. Lo mejor era para la venta y sólo el “destrío” (lo que no querían, de segunda o estropeado) quedaba en la casa. Cebada  y canaria del terreno para él, que el trigo y  maíz americano era para sacar perricas. Había que sacar el estiércol (cambiarle la cama); asearlo o lavarlo en el río (gracia me hacía verlo cómo nadaba ; llevarlo al abrevadero (se relamía si la fuente era “salobre”); o a que lo herraran. Inolvidable aquella olor a casco quemao  y  el martilleo en el yunque arreglando las herraduras una y otra vez mientras subía la cuesta Palacio. Encontrar una, indica tener suerte, y es que en aquella época de aprovecharlo bien to, ya se cuidaba el amo de apañárselas mil veces y no perderlas;  raro tenía que ser el dar con una abandonada y de ahí le viene la fama .

 Otros animales compartían  espacios y vida. Manso él, se dejaba, pero en ocasiones con un par de coces o el intentar morder, venía a reclamar que era el rey de los animales en la casa. Varias caras, tipos y nombres acuden a mi recuerdo, entre voces de mando y onomatopeyas varias: “arre, so, quieto…” Grandes en las fiestas donde el ir montados en su lomo, a lo clásico o a la grupa, era todo un rito y el cortejar a la dama. Iba engalanado y con sus mejores arneses y hasta tenían la suya propia: la fiesta de San Antón, con sus carreras e intentar ganar la Joya  Por encima de cucañas, circos y feriantes sus éxitos o fracasos corrían de boca en boca. Laureles para sus amos que hinchaban el porte y él que se relamía con su ración doble. La mejor calle del pueblo aún se conoce por la Carrera; es la sabiduría popular que gana una y otra vez a las placas de turno oficiales. Y no digamos las escaleras que aún existen en sus cuestas, fueron un invento cuando las emporlanaron para que no resbalasen.

  Si enfermaba, había que recurrir a potingues y cremas o llamar al curandero. Ojo con las patas, verdadero talón de Aquiles, o terminaría  malvendido para carne por cuatro reales. Si moría, era todo un drama con desfile de pésames como si de un entierro se tratara, hasta el Muladar, lugar maldito en los sueños de mi infancia.

 ¿Y qué  decirles de sus aparejos y trastos que hoy están en algún rincón olvidado o que algún amante de lo rural expone? Son un gran número de vocablos locales ya en desuso: “serón, albarda, baras, cabezá, cincha, orejeras, alportaderas, samugas, baras…” No cabe tampoco olvidar a los ilustres artesanos y personajes a su vera: Guarnicionero, albardero, seronero, herrero, arriero, tratante…

 Los tractores fueron, en silencio, librándoles de las grandes tareas, al tiempo que lo postergaban. Aparecieron los primeros motocultores que ruidosos y quejosos como una mula, a más de uno también desmontaban. El sabio pueblo, con justo merecimiento, vino a nombrarles “mulas mecánicas”. El campo se mecanizaba. Se habían hecho viejos hombres y caballerías pero aún iban y venían en espera de que les jubilaran. Uno de aquellos trastos mecánicos  acabó, por accidente, con nuestro macho  ¡Seguro que en la gloria, aún hará los caminos junto a mi difunto padre! Vaya por ellos, en justo homenaje, estas palabricas.

Francisco Torralba López

 

Aquel calor humano de antaño

Anochece y es hora de encender la lumbre, decía mi madre. Al poco tiempo, mi padre llegaba del campo y había que ayudarle en la descarga de aperos y recolecciones; entonces, dábamos de comer a los animales, cerrábamos las puertas y nos reuníamos, todos, frente a la chimenea. A todo esto, no faltaba el siempre eterno “puchero” donde se cocinaba alguna cosa  para comer de caliente. Colocábamos las trébedes y en la sartén de tantos y tan buenos sabores, se freían patatas, pimientos o lo que terciase. ¡La familia reunida en el hogar formando aquel semicírculo mágico que  ahora añoro y vale la pena recordar!

 Usábamos unas sillas bajitas, la mayoría heredadas y otras remendadas con la  nueva pita. Los sitios estaban jerarquizados y todos queríamos el rincón; al menor descuido, allí estaba yo. Mientras la cena se preparaba, aprendí matemáticas, sumando precios de terneros o conejos, y alta economía, con las fluctuaciones de las cosechas; de relaciones sociales, poniéndote a la última de lo que por el pueblo se decía; la literatura y viajes los ponía el abuelo con sus historias que luego comparé con las que me enseñaban en la escuela. ¡ Alta filosofía fue cada  momento vivido  en aquella asamblea frente a las hogueras de mi infancia !

Alimentábamos aquel fuego sagrado con sarmientos,” zuros”, troncos de olivera o lo que terciara. La radio, cuando no se le iba la onda, nos ponía  al tanto de lo que pasaba fuera. Aún resuena en mi cabeza el “aquí radio Andorra, la Helena Francis y las canciones dedicadas por el hijo de la tía Rosa que estaba por Alemania. Mi gato nos hacía cosquillas entre las piernas cuando no se despanzurraba, invitándonos a dormitar en aquella paz que todo lo envolvía. La noche nos iba abrazando en  su oscuridad cortada por aquellas llamas. ¡Qué frío entraba por la espalda  ¡ Y qué mal lo pasaba si tenía que ir al lavabo o  hacer aquellos recados interminables a la tienda! Corría  poseído por volver enseguida al santuario y refugio de aquellas brasas.

¡Y mira que se aprovechaban! Tanto que su rescoldo  alimentaba el  eterno brasero y era la mejor secadora para la ropa de mis saltos por los charcos y las botas embarradas.¡ Menudo tenderete se preparaba  en los días de nieve y tras la colada que mi madre había traído, a la cabeza, desde el lavadero público junto a los últimos chismorreos del vecindario ! ¡Aquello sí que eran noticias frescas!

Sabía que teníamos visita, y su categoría, cuando me pedían echara tal o cual leña extra, pues lo normal era aprovechar aquellos palitos fruto de la poda  o todo aquello que  se reciclaba  Rondaban a su vera artilugios  varios que me enseñaron arqueología y técnica como las susodichas trébedes, las tenazas de la bisabuela, el “aventador” para que prendiera, el caldero del mata cerdo donde se preparaban los mejores mejunjes…sin olvidar aquellos cacharros de barro, heredados de la tatarabuela, que al arroz daba un punto que ahora no consigo ni con la mejor vitro cerámica o barbacoa.

Teníamos dos cocinas: una grande, con un gran hogar lleno de recuerdos y fotos en su repisa reservada a  las celebraciones  y otra, la cocinita, muy pequeña, donde ni el frío cabía al apretarnos tanto. Aún me parece oler aquel humo y ver como mi padre tiraba de “aliaga” para mejor avivarla. Allí se leían las cartas de mi hermano en la mili, oí las mejores historias y el abuelo me hacía soñar con sus batallas. Un diálogo mágico al baile de aquellas chispas: “No juegues con el fuego o te mearás en la cama”; “pide un deseo al vuelo de ese trozo”…Y ocupábamos nuestras manos desgranando la “canaria”, partir nueces o almendras, pelar tomate para la conserva o chafar olivas para la “orza”.

Y me enseñó mucho del trato; tanto, que el no bienvenido no pasaba de la entrada de la casa  pero  sí, era costumbre, y mejor gesto, convidar al amigo con un:“Pasa a sentarte en la lumbre…Hacerle sitio… caliéntate …sin prisas …cuenta.”

En aquel tiempo, ignorante de mí, alucinaba cuando el visitante de turno, al rato de estar sentado, nos decía la suerte que teníamos de aquella vida. No le entendía y envidiaba el que viviera al lado de un mar que sólo conocía por las postales, que su casa tuviera ducha y comodidades y verme entre trenes y ciudades ¡Ahora reconozco sus risas al contárselo y el que no tuviera prisa por marcharse!

Y despertó mis instintos de Gourmet con todas aquellas recetas que aprendí en un constante ir venir de cacharros y parrillas al calor de aquellos rescoldos: el “allioli”, hacer “chup chup “, asado y no quemado; huevos pasados por agua, paellas, gazpachos  y  “gachas”…

            ¡Resuenan en mi cabeza tantas cosas!

           “Ésta sí que tira” -orgulloso decía mi padre-

           ”Esta casa tiene la mejor chimenea de la calle”- rezaba el anuncio cuando, la pusimos en venta-

           ¡Echo de menos aquel calor humano de antaño!

Francisco Torralba López

 

Los cafetines y la posá'l Rincón

Si había en la ciudad de Valencia un punto de encuentro para los serranos, especialmente los tuejanicos, eran “Los Cafetines”.

En realidad se llamaba (porque ya no existe el local) Bar Valls, pero creo que ninguno de los que allí acudían se había fijado en el cartelón grande pero casi ilegible por lo borroso y desgastado de las letras que ostentaba sobre la puerta y media del antro que daba a la Plaza del Mercado. Lo de “media” lo digo porque esa teórica puerta estaba obstruida en parte por la barra, una barra de aquellos tiempos, altísima, y más para un chiquillo de cuatro o cinco años que tendría yo cuando acompañaba a mi padre los domingos por la tarde mientras se tomaba un cafetico y “echaba la partida” con otros emigrantes como nosotros, o con paisanos que habían bajado a la capital por diversos asuntos.

Tendría unos 5 o 6 metros de ancho, iba estrechándose hacia el fondo, donde subiendo un par de peldaños tenía a la izquierda unos servicios a los que nunca accedí, así como una escueta puerta trasera que daba al callejón que desde la calle de la Carda terminaba en la iglesia de los Santos Juanes, todavía presentando las heridas que las bombas le habían causado durante la guerra ... 

Si vemos la foto, vendría a estar donde la puerta central de las tres que se ven en el edificio moderno de fachada color ocre, y para situarnos mejor, lo que se ve en el extremo izquierdo de la foto es la iglesia de los Santos Juanes en la parte recayente frente a la Lonja, con su terraza donde se representan los “miracles” de Sant Vicent y las covachuelas ahora abandonadas pero entonces ocupadas por diversos artesanos, sobre todo cerrajeros.

El penetrante olor de los carajillos y del humo de los cigarrillos sin filtro, picadura liada a mano, todavía permanece en mi memoria. Recuerdo perfectamente sus mesas con patas de forja estilo art-decó pobre, con la tapa de mármol blanco veteado de gris y su suelo de teselas blancas de 5x5 cm. orlado con un festón de piezas negras que yo, en mis juegos solitarios mientras mi padre comentaba las jugadas con los compañeros de partida, veía como una carretera por la que hacía correr chapas de botellas de las primeras cocacolas como veloces coches a base de papirotazos con el dedo. Eso hasta que un día apareció en el bar una tele que por supuesto me hipnotizó inmediatamente con sus irresistibles anuncios donde aparecía una Carmen Sevilla guapísima que yo veía como un hada, una cosa que se llamaba Mirinda, y otros productos todavía desconocidos para mí.

Curiosamente, mi padre y los demás no se preocupaban demasiado de lo que mostraba aquella caja con figuras en movimiento. Yo sin embargo perdí de repente todo interés por la cafetera manual con varios brazos de los que se colgaban Miguel, el amo del bar, y su hijo mayor, así como por la máquina de hacer presión que, ya sin uso, se mostraba con sus tonos cobrizos sobre una repisa alta en una de las paredes y todavía era motivo de cábalas sobre su utilidad y funcionamiento para mi mente infantil.

Pues en este lugar entre maravilloso y cutre, aunque estratégicamente situado, se reunian los varones serranos, y nunca ví dentro una mujer. Si alguna tenía que buscar a su marido o preguntar cualquier cosa, siempre se quedaba en la puerta y si veía algún conocido o familiar dentro, lo llamaba para que saliera. Allí los que iban a comprar al Mercado Central, como por ejemplo el tío Baoro, que hacía las mejores clóchinas y sepia a la plancha del universo en su bar ahora cerrado, en la calle Larga, junto al “estop”, o el Marcelino, que ejercía de taxista y además aprovechaba el viaje para abastecerse de cosas necesarias para su tienda. También el tío Domingo, en su época de alcalde, cuando bajaba a hacer las gestiones propias de su cargo, y así sucesivamente un sin fin de tuejanos que intercambiaban noticias con los establecidos en Valencia.

Cuentan los viejos de Tuéjar una anécdota que le sucedió a un chelvano (¡cómo no!) que vino a comprar esparto en las cordelerías que habían justo enfrente de “Los Cafetines”. Tras mucho mirar y regatear compró una garba que según le dijo el de la tienda pesaba una arroba. Con el haz a cuestas emprendió camino al pueblo, andando, por supuesto, y cuando pasaba por las Torres de Quart, recién salido del establecimiento, iba pensando que le habían engañado.

Aquí no hay una arroba de esparto –decía para sí el chelvano.

Continuando su camino, atravesaba Burjassot, ya sabéis que antes de construirse la Pista de Ademuz se salía por allí, y como el sol ya estaba un poco alto y comenzaba a calentar, el chelvano modificó ligeramente su apreciación:

Pué que sí esté la arroba –pensaba.

Llegando a Liria, ya se le veía cada vez más cansado, pero también más convencido de que le habían dado todo el esparto que él había pagado.

Por no hacerlo largo, después de haber pasado la noche al raso en Casinos y sin cenar por no gastar en una fonda, cuando llegó a la mañana siguiente a Chelva medio “baldao”, cansino y desmayado, tirando la garba de esparto al suelo les decía a sus vecinos:

¡Anda que no son tontos ni ná en Valencia!, les he pagao una arroba de esparto y me han dao lo menos tres.

A menos de 100 metros de “Los Cafetines” está el Hostal del Rincón, establecimiento venerable aunque ahora restaurado y modernizado, y que los tuejanos han conocido siempre como la Posá’l Rincón.

No era frecuente que hicieran uso de este hospedaje, ya que quien más quien menos, tenía familia en Valencia que le acogía por una noche o dos, período normal de estancia de quienes venían a la capital por cuestiones de médicos, papeleos y cosas así. Recuerdo perfectamente, siendo pequeño, ver tirar colchones al suelo donde dormían parientes, amigos y vecinos que se habían tenido que quedar esa noche en Valencia, en cá’la Paquita. A mí me gustaban esos huéspedes inesperados, suponían una ruptura de la monotonía diaria, me podía acostar más tarde de lo habitual oyendo las noticias del pueblo y a menudo podíamos degustar alguna “delicatessen” serrana, como unas morcillas de la orza o unas tajadas de magra de la de antes, una “maría”, una morcilla de harina o unas “margaritas” (madalenas), artículos hoy casi despreciados pero entonces de un valor incalculable.

De todos modos, era lugar de obligada referencia para los serranos y donde se quedaban a dormir indefectiblemente cuando no había otro remedio.

El edificio que aparece en la foto, casi al final de la calle de la Carda, está restaurado recientemente, y la puerta de acceso a la cochera era antiguamente un portalón de piedra siempre abierto que daba acceso a un patio interior donde estaban las cuadras, ya que pernoctaban en esta “posá” tanto los humanos como las acémilas. En mi niñez conocí esas estancias, aunque ya no cobijaban caballerías, y un cartelón con las letras del mismo estilo que el actual lucía en el lugar que ahora ocupa la marquesina y el acondicionador de aire, pero que rezaba “Posada del Rincón”, mientras que las puertas pintadas cerraban una tienda de juguetes (había otra justo enfrente, en el lugar que demarcan los pedruscos y la jardinera) ante cuyos escaparates nos extasiábamos los chiquillos.

Hoy en día, si pasas por esta zona una tarde cualquiera, la ves semidesierta, tal vez con algunos turistas que visitan la Lonja o el Mercado Central. No digamos un domingo por la tarde, es difícil encontrar a alguien por allí. Algo de animación cobra la zona por la noche, pues por los aledaños hay tabernas y restaurantes que los viernes y sábados están bastante concurridos. En aquellos años, los ’50 y ’60, era un hervidero de actividad, habían comercios de todo tipo, mayoritariamente relacionados con las tareas agrícolas, de confección popular, ultramarinos donde tenían especias y material para la matanza (tripas, etc.), farmacia, sombrererías, tiendas de granos y legumbres, por supuesto bares, ...

 Son recuerdos de la forma de vida de nuestros padres y abuelos que seguramente muchos no conocerían y que me parece necesario preservar como un componente más de nuestra cultura particular.

Toni el Tejero

 

El túnel de la Fuente de San Juan

Cuenta una leyenda que las tropas que se encontraban en el Castillo de Tuéjar para evitar quedarse sin agua en caso de asedio, e incluso poder huir si era necesario, encontraron un túnel que fueron perfeccionando para llegar a una de las fuentes ya desaparecidas de nuestro pueblo, la Fuente de San Juan, que se encontraba próxima al lavadero que lleva ese nombre.

En la foto todavía se puede apreciar el arco de piedra, donde un poco mas abajo asomaba el caño que manaba su agua en una pileta al ras de suelo. Suelo que antes se encontraba a la altura de los fregaderos del lavadero y no por donde está ahora el asfalto de la calle.

El hecho de tapar la fuente denota que el manantial de donde se surtía se secó o quizá se cortó y desvió por algún desprendimiento, tras alguna de las obras que se realizaron el pueblo. Pero en tiempos en que nuestros ancestros dominaban la villa desde las alturas, posiblemente sería una de las fuentes naturales mas cercanas al pueblo, donde acudían a nutrirse de este bien tan preciado.

La entrada a ese túnel se hacía desde una sima cercana al monte Castillo, donde los posibles atacantes no tuvieran constancia del movimiento de los soldados que a por ella tuvieran que desplazarse, sobre todo si este se hacía con nocturnidad.

Esta leyenda ha ido transmitiéndose verbalmente entre alguna gente del pueblo, aunque no tenemos constancia que la misma sea cierta, ni tan siquiera del lugar exacto de la sima donde se encuentra la entrada. Sin embargo la idea no es descabellada, ni mucho menos, porque otras leyendas e historias nos encontramos en la parte mas alta y vieja del pueblo. En la zona del Portal de Los Santos, existen algunas casas que posiblemente se encuentren encima de otros túneles cavados y apuntalados por nuestros antepasados, quizás con los mismos fines. Muy cerca de ese lugar, existía un taller de pirotécnica que se encontraba situado en uno de esos túneles con grandes arcos, aunque en la actualidad se encuentra tapado.

Si lees esto y quieres matizar algo mas sobre estas historias-leyendas, te agradeceríamos que nos mandases lo que quisieras a tuejar@tuejar.biz.

 

Para casar a la abuela

Siguiendo con las jaculatorias santorales-milagrosas de nuestros antepasados, Paquita, la del tío Marcial, nos manda una de ellas:

Antonio divino y santo,

ramito de albericoques,

si me casas a mi abuela

te daré un chine rabote,

y si no, pedrá al cocote.

Las expresiones "chine rabote" y "cocote" significarían, respectivamente, cerdo pequeño y cogote. Aunque solo nombra un San Antonio, quizás la plegaría va dirigida a dos, San Anton el del gorrinico y San Antonio de Padua, al que se le atribuyen capacidades casamenteras. En todo caso da la impresión de que más que una petición, se trata de una coacción en toda regla a cualquiera de los dos santos, porque en aquellos tiempos  parece imposible casar a una abuela, no como hoy en día.

 

Guapas serranas en las horchaterías de Valencia

Cuando llega el mes de marzo y con él la fiesta fallera hay un dulce que se hace muy apetecible para todos los valencianos y visitantes, se trata del chocolate con buñuelos. En los últimos años han proliferado los puestos ambulantes de venta de estos productos, ampliando la variedad (churros, porras,…) y los sabores (crema, chocolate o calabaza). Estos puntos de venta los podemos ver distribuidos por todos los barrios de Valencia. Además, muchos son los bares que en estos días completan su oferta con este delicioso postre.
 A pesar del aumento de estos, las horchaterías del centro de Valencia siguen siendo el referente para muchos valencianos. El Siglo, Santa Catalina o El Collado son horchaterías que, situadas a escasos metros, constituyen todo un referente en el arte de hacer buñuelos. Estos negocios han pasado de generación en generación a lo largo del siglo pasado, heredando la fama y el buen hacer de sus antepasados.
 La solera de estos locales ha quedado patente en su utilización como escenario de películas (Tranvía a la Malvarrosa) o por contar entre su clientela con lo más granado de la sociedad valenciana de la época y el resto de estado español. No podemos olvidar el paso de la infanta Isabel “La Chata”, hermana de Alfonso XII, por los salones de Santa Catalina, como así reza en uno de los azulejos del local y que anteriormente estuvo colocado encima de una de las mesas.
 Lo que muchos valencianos desconocen es que estas tres horchaterías han sido regentadas por alcublanos y alcublanas durante muchos años, es decir, vecinos de la localidad serrana de Alcublas. Este hecho provocaba que cuando se acercaba la fiesta fallera decenas de serranas, principalmente alcublanas y villarenses, bajaban a Valencia a “servir” en las horchaterías. Esta costumbre marcó las décadas de los años cincuenta, sesenta y setenta del pasado siglo en estos pueblos de La Serranía. Las chicas contribuían, de este modo, a la economía familiar, ya que en estos municipios siempre han escaseado las salidas laborales para las féminas. Algunas de ellas, principalmente las que no tenían obligaciones familiares que atender en sus localidades de origen, se quedaban largas temporadas a trabajar en la capital, uniendo la época “del chocolate” a la de “la líquida”, en relación a la horchata que se dispensaba durante los meses de julio y agosto.
 Trabajar en las horchaterías de sus paisanos se convirtió en la salida profesional más recurrida para muchas de jóvenes serranas. Algunas de ellas se encargaban de la cocina y otras solían estar de cara a la galería, bien como camareras o en la calle vendiendo buñuelos. Estas servían como reclamo para potenciar la clientela. Aunque las técnicas de márketing no estaban muy extendidas la necesidad ya agudizaba el ingenio. La belleza y gracejo de estas serranas no pasó inadvertida para muchos empresarios valencianos, incluidos los propios horchateros, que acabaron casándose con alguna de ellas.
Hoy en día esta costumbre, convertida casi en ritual, prácticamente se ha perdido. Las jóvenes serranas ya no ocupan estos lugares de venta aunque, en la elaboración de estos deliciosos dulces, todavía participen algunas veteranas en este arte de hacer buñuelos

Míriam Civera

 

El término municipal a mediados del siglo XX

En el año 1969, Victorio Martínez, escribió un resumen de las riqueza naturales que disponía el término municipal a mediados del siglo XX del que nos permitimos presentar un extracto dentro de esta sección.

 

 En aquellos años, la extensión de nuestro término era de 12.000 hectáreas de monte público, y se componía de 376 rodales; 4.000 hectáreas eran de labores de secano, regadío y población, con sus amplios, en donde se cuenta con caminos antiguos, río Turia y río Tuéjar, y edificios en los montes (hoy completamente destruídos). Nuestro término linda con seis términos: al Norte, rento de Bercolón y término de Titaguas; al Sur, con Chelva; al Este, términos de Titaguas, Alpuente y Chelva, y, al Oeste, con Talayuelas, Sinarcas y Benagéber.

 Los mojones que dividen con Titaguas y Tuéjar son doce; con Bercolón, catorce; con Talayuelas, tres triginios; con Sinarcas, doce; Benagéber, trece, y, Chelva, 27.

 

Las fuentes existentes en el término ascienden a cuarenta y dos, cuyos parajes y nombres les detallo a continuación:

Partida del Barranco (camino de Chelva): Fuente del Negro, La Bárbara, El Claro, Cueva de las Palomas, La Coneja, El Saz, frente a la central eléctrica, Nacimiento del río, El Médico, La Morca (estas diez fuentes están situadas junto al río Tuéjar).

 En el Barranco de las Boqueras: Fuente Rojales. En las Cañadas de Abajo: Pozo de Origuín. En Cañadas de Arriba: Pozo de los Melchores. En Campo de Tuéjar: pozo junto a la carretera de Valencia-Ademuz. En Barranco de Canales: Fuente la Umbría (la mejor del término), la de El Saltillo, Fuente Rodera. En La Sazadilla: Fuente del Olmo y otra junto a las casas. Partida Salada: La Cabera, Fuente Medio y Fuente Jordana. Partida de Matas Pardas: Fuente Matacán. Partida Campillos: denominada por su mismo nombre. Partida Roturas: denominada también por su mismo nombre. En la Masía Azagra: la llamada La Tosquilla. En la Masía Olmedilla: la Fuente de los Hoyos, Barranco Fuerte, Fuente la Olmedilla. En la Partida del Tablón: la llamada de El Conejo. Y en la Partida del Rodeno: Pozo Quiquet. En la Partida Collado las Cruces: la de El Pesebre. En la Partida Barranco de la Mina: la fuente Los Chivas. En la Rambla del Canjirón: fuente del Ratón. En el Campo Piquias: Fuente Cupido. En la Rambla del Canjirón: Fuente de la Canaleja. En Las Lentiscosas: Fuente de la Noguera. Y en la Masía Los Mogis: Fuente La Falaguera. Existían otras, que no las señalo por haberse apoderado los montes de las mismas.

 Cuevas que existen en el término:

En la Partida de La Hoyuela (umbría El Rodeno). En la partida El Pozanco: Cueva del Mogote. En la partida La Pacheca: la del mismo nombre. En la Fuente El Claro: Cueva El Roque, Las Palomas, El Marquete, El Cuco, Rincón del Pepito. Solana Peña Roya Gualage: la Cueva Negra. En la solana Cañada Español: Cueva del Olivastro. En la partida Solana de las Salinas: Cueva los Tairas, la de Tudela. En la partida Cerro Panchón: Cueva Luzano. En Costalhondo: Cueva el Sidro. En la Masía Azagra: Cueva del Rosigón. En partida del Rodeno: Cueva Caseta Marco. En la partida Rincón de la Mina: por su mismo nombre, Cueva Canjirón. Partida de las Hoces. Y Cueva de las Siete Tazas en la partida El Sevillano.

 Simas existentes en el término:

En la Hoya Somera, Cañada de Mazo, Peña Cortada, Tartalona, Cerro Negro, Collado Moro Alto del Cerro, Vallejo Cantera, Cerro Campillos, Barranco del Rincón, Umbría de los Ochenas (partida Gamonar), Loma de las Grajas, Sima Correcenado y Ventosillas. El Práctico,Victorio Martínez Dus

 

El calzado de antaño

En esta ocasión os vamos a presentar en esta sección estas fotos de auténtica artesanía e historia de nuestra tierra. La esparteña  o espardeña  era un calzado salido de la necesidad  básica de muchos labradores para poder calzar sus pies en su quehacer diario. La misma se realizaba con cuerdas de esparto que se entretejían manualmente para conseguir el producto deseado. Era, ni mas ni menos que una alpargata que fue utilizada por mucho tiempo en la provincia de Valencia.

Nos cuenta Tonet  que "estas esparteñas me las hizo mi padre cuando su salud todavía le permitía entretenerse con estas cosas. Él aprendió a hacerlas por necesidad, pues no tenían fácil el calzarse por aquellos entonces. Mi abuelo Marcial, el pastor, su suegro, también sabía hacerlas, y aunque cada "artista" tenía sus propias variantes, el resultado final era muy similar."

Os dejamos con este relato de nuestro gran colaborador tuejano que nos descubre el maravilloso arte de realizar unas esparteñas en condiciones, a pesar de que, como el mimo reconoce, el calzado actual es mucho mas cómodo.

Lo que no comprendo, prosigue Tonet "El Tejero", es cómo podían usar semejantes instrumentos de tortura, pues me las he puesto únicamente para hacerme la foto y, pese a que mis pieses (o quesos) no son precisamente muy delicados, he notado (desagradablemente) la aspereza del esparto, si bien probablemente sean preferibles las rudas "esparteñas" a caminar descalzos por la naturaleza agreste.

Es curioso que un comercio de artesanía y productos típicos de Mojácar, a cuyo dueño le comenté que las tenía, me ofrecía 30 € por par, y no era preciso hacerlas tan grandes. Si eso les ocurre a mis antepasados en aquella época, no se lo creen.

Lo más divertido es que son realmente a medida, pues conforme se "fasca" (se entrelaza el esparto) y se hace la "pleita", cuerda ancha o cinta que conforma la suela, se va comprobando con el pie que la calzará, por lo general el del propio ejecutante, de modo que al final queda exacta a como se necesita. La artesanía del esparto tiene su nomenclatura propia, por ejemplo a las cuerdas hechas de este material trenzado sencillo y usadas sobre todo en las tareas agrícolas se les llama "vencejos".

En este caso he metido todos los dedos dentro, pero generalmente se quedaban fuera los dos más exteriores, o al menos el meñique.

Para que el esparto no quede demasiado tieso y sea más "suave" al tacto y más dúctil al trenzarlo, se tiene en remojo y luego se machaca con unos tarugos de madera, como rodillos grandes, golpeando las fibras cogidas en pequeños manojos sobre un pedrusco.

Quienes han usado estas esparteñas o cualquier calzado con suela de esparto, sabe que conviene humedecer la suela de vez en cuando para aumentar su duración y flexibilidad.

 

Para curar el "mal aire"

Nuestros mayores, son fuente de sabiduría popular y de remedios curativos naturales, pero también existían remedios, llamémoslos, mentales que ayudaban en situaciones cotidianas de la vida a "curar" ciertos males que van mucho mas allá de la medicina tradicional. Nuestro colaborador Tonet el Tejero, nos manda uno de estos remedios que a lo largo de los años pasa de boca en boca y se convierte en una tradición, en este caso autóctona. Quizás, en el prospecto que acompaña a este medicamento, deberíamos poner también las indicaciones y efectos secundarios, en este último caso, ninguno:

 

Cuando una persona se encontraba mal, si no era a consecuencia de una "parada", lo que conocemos por una indigestión, se trataba casi con toda seguridad de un "mal aire", tal vez por haber estado expuesto a corrientes frías estando sudado o algo parecido.

Entonces la persona que "tenía gracia" recitaba la siguiente oración:

Yo te conjuro, mal aire, en nombre de Dios Padre, de la Santísima Trinidad y por las tres misas que cantan la noche de Navidad. Buena monja, ¿qué es lo que haces?. Cojo flores para dar alivio a los pecadores, y verás como es verdad, lo que yo digo quita al mal su peligro. Así como lo que rezo es verdad, váyase el mal y la enfermedad.

He podido leer una muy parecida, con variantes insignificantes, en un libro titulado Festes, costums i tradicions valencianes, de Enric Martí, y que dice haber recogido también en Tuéjar. En ambos casos coincidimos también en la actuación del sanador, que durante el rezo bostezaba para incitar al enfermo a bostezar a su vez, ya que se creía que mediante esos bostezos salía el "mal aire" de su cuerpo.

Los toros

 

 

Corría finales del siglo XIX cuando tras finalizar una corrida, valga la redundancia, los toreros eran llevados en tartana hacia el pueblo. No, la foto no es de Tuéjar, es de nuestro  vecino pueblo, Chelva y pertenece a la fototeca de nuestro colaborador, Tonet el tejero, al que de nuevo damos las gracias por dejarnos ver estas instantáneas que forman parte de su historia y de la nuestra, como es el caso. Hay que observar al fondo la plaza de toros de Chelva, con su aspecto blanquecino, y la indumentaria de la época, tanto de los chelvanos como las de los toreros, con sus trajes de luces. Por descontado, que la propia tartana que seguramente sería el transporte mas usado en la época hacia su función de servicio de transporte para adentrarse hacia el pueblo vecino.

 

Las carreteras de antaño I

 

 

 Del archivo de Don Ramón Villanueva proceden estas joyas que incluimos ahora en la página. Ni que decir tiene que estamos hablando de la primera mitad del siglo XX que para una gran mayoría de nuestros lectores viene a ser como el Paleolítico inferior. De ahí que no esperen ver en ningún tejado del reino antena ninguna, ni de tele ni parabólica  ni ná de ná. Observen también que la circulación en invierno tenía su aquél y que la carretera que une Tuéjar con Titaguas estaba en pleno proceso de construcción. La foto es del puente del Molino Marco, en fin....

 

Las carreteras de antaño II

 

 

 Siguiendo con nuestras vistas de las carreteras que antaño los tuejanos utilizaban para desplazarse por la comarca, aquí vemos la carretera del pantano, sin asfaltar. Corría, como se ve en la foto, la mitad del siglo XX, y entonces el pantano era del Generalísimo no de Benagéber, término donde se ubica.

La familia de Tonet, el Tejero, (al que agradecemos esta instantánea), iba de excursión a esta obra faraónica, que tanto trabajo costó realizarla y que tanto ha marcado nuestro pueblo.

El bando

 

 

Imagen de 1940. El bando municipal es leído por el pregonero. El macho, el mulo, mejor dicho, es sujetado por el chavalillo para que no se espante. No se sabe muy bien si por el jaleo de la calle o por lo que decía realmente el pregonero. De allí, el pregonero, por cierto , no decir bandolero, que aunque diga el bando no deriva así la palabra, de allí, digo el pregonero iba hasta otro punto del pueblo, volvía a parar al mulo, hacía resonar la trompetilla y de nuevo leía el ordeno del alcalde....De orden del señor Alcalde, se hace saber...., y luego ya lo que realmente se quería hacer saber. Pero no sólo se hacía saber lo que el Alcalde quería que se hiciese saber, no; el bando también servía como publicidad: ventas, compras, cambios, reparaciones, etc. Todo tipo de servicios y negocios se hacía públicos a través del bando. El sonido de la trompetilla y la voz del pregonero, eran lo suficientemente poderosos como para hacer callar y escuchar a la gente. La costumbre del pregón oral sólo queda ya en los pueblos y en el mejor de los casos sustituida por la megafonía que deja poco lugar a otros sonidos en los pueblos más pequeños. Para la gente de lugares más habitados, esto es una peli de marcianos; pero palabrita del Niño Jesús que es verdad.

 

La carretera del pantano

 

 
 La Escuela, la Vieja Escuela, con mayúsculas y curioso: no se ve la carretera del Pantano....Si se fijan en un primer plano están sentados los ingenieros y topógrafos que están diseñándola. El que la carretera del Pantano pasara por Tuéjar y no la dejase de lado, como en un principio estaba diseñada, fue obra del don Ramón Villanueva quien con su empeño, su agilidad mental y su saber estar consiguió aquello que pensó daría vitalidad al pueblo de Tuéjar, su enlace con lo que entonces era una gran metrópoli: Utiel de donde partía el ferrocarril hacia la Capital del Reino. Lo consiguió. Desde luego , don Ramón fue un personaje digno de admiración que participó como protagonista en la modernización del pueblo en el plano de las obras públicas especialmente, pero que formó parte de un grupo de notables- en el mejor sentido de la palabra - que hicieron de Tuéjar uno de los pueblos más avanzados de la Serranía y que a pesar de las limitaciones técnicas, humanas y económicas de aquellos días supieron conseguir bienes extraordinarios para la época: fuentes públicas con su consiguiente red de agua potable, una central hidroeléctrica, la carretera mencionada hacia Utiel, la mejor biblioteca pública posiblemente de toda la provincia, etc, etc, etc.

 

Nos vamos de excursión

 

 

Los alumnos de las escuelas en alguna de las terrazas de cualquiera de las playas de Valencia en un día de excursión. Una excursión de aquellas era casi casi un Paris – Dakar de hoy pero sin el GPS. (Fotos Archivo D. Ramón Villanueva)

 

La maestra

 

 

Cuarenta niñas, cuarenta, de mil novecientos cuarenta y cinco y una maestra de cara serena que más que mirar al fotógrafo parece que esté esperando de cara a la pizarra la resolución de un problema o atendiendo la lectura de alguna de sus alumnas. Lo de la coeducación llegaría casi 30 años después. En 1945 los niños, con los niños y las niñas, con las niñas. Escuelas separadas. Maestros para ellos; maestras  para ellas. Clases: de lunes a sábados por la mañana, ambos incluidos. Los jueves por la tarde, fiesta. De todas formas no se nos alteren, la mayoría faltaba mucho a la escuela (lo de cole, colegio, centro escolar y demás nombres cursilones aparecerá luego, en el 45, la escuela). Pues, decía, faltaban muuucho a escuela; pero no se crean, faltaban además porque tenían que ayudar en faenas de la casa: amasar, limpiar, etc. o en faenas agrícolas. Y, eso sí, eran afortunadas porque muchas de sus amigas ni siquiera salen en la foto, no fueron jamás a la escuela. Niñas de 12 ó 13 años y de 4, y de las edades intermedias, todas juntas, todas con su maestra, doña Andrea.

 

De fiesta

 

 

 De entre las fotos de don Ramón Villanueva hemos seleccionado estas dos para una nueva entrega. Las dos tienen un denominador común: la fiesta. Si hay que situarlas en el tiempo diríamos sin equivocarnos mucho que la de las clavariesas es de allá los años cuarenta del mil novecientos, claro, la segunda parece más de los principios de los cincuenta. En esta segunda, que mantiene mucha más calidad, más de uno podrá ver a su tío, o a su padre o a él mismo, pero de crío, claro. Esperemos que les gusten y les traigan buenos recuerdos. Son dos autenticas joyas. Gracias, Manolo por tu colaboración.

 

Hoy hay mercado en la plaza

 

 

 Seguro que el bando anunciaría que en la Plaza se vendían sábanas de hilo, botijos, serones y cuerdas. Que ser reparaban sillas de enea o que se vendían o cambiaban naranjas por patatas. El mercadillo de principios del siglo XX era en la Plaza como se puede ver y el transporte de la mercancía se hacía con la tartana correspondiente en la que milagrosamente cabía un mundo de productos. El sol de invierno calienta el lienzo de pared que da al Sur. Aún se pueden ver edificios tristemente desaparecidos o en trance de desaparecer actualmente . La fuente, la que ahora está en la Calle del Majo, era la que presidía la escena. Años treinta de mil novecientos. Sol de invierno y tartanas. En la misma plaza, algunos edificios de los que se ven ahí , son testigos de chavalines con móviles, automóviles con tuneados y pecés portátiles. (Fotos Archivo D. Ramón Villanueva)

 

Los chiquillos

 

 

Vean, observen y , si se fijan, descubrirán entre estos mozalbetes con cara de domingo a alguno de nuestros padres o abuelos de la actualidad. Algunos, los pobres se han ido para allá, otros siguen con nosotros afortunadamente. Por cierto, si algún internauta puede hacer ver la foto a alguno de estos críos, hoy ya abueletes, verá como se les ilumina el rostro y rejuvenecen setenta años en unos segundos¿ Quién les hubiera dicho a estos chiquillos de la foto que sus hijos y nietos los iban a poder ver en cualquier rincón de la provincia, de España y del mundo casi setenta años después ?

 

Leche en polvo

 

 

Allá por los años cincuenta y sesenta la situación económica y social no era tan catastrófica en España como en la década de los 40 pero, pese a todo, no se comía cómo se debía ni cuánto se debía; especialmente cómo se debía. La dieta de los celtíberos aquellos era pobre en determinadas vitaminas y proteínas. En el 53 , y aprovechando que la cosa estaba “calentica” entre el Este ( o sea la Unión Soviética) y el Oeste ( o sea los EEUU ) aunque paradójicamente aquello de estar calentica la cosa se llamó Guerra Fría , pues aprovechando todo esto, el gobierno de entonces decide firmar unos acuerdos militares y económicos con EEUU que en pocos años se iban a traducir en una serie de fenómenos sociales. Y es que pasamos de alimentarnos exclusivamente de productos patrios para empezar a meternos entre pecho y espalda ultramarinos, es decir productos del otro lado de la mar oceana. Si bien hay que decir que desde hacía años Argentina nos estaba enviando toneladas y toneladas de alimentos, especialmente cereal y carne. A lo que íbamos...el caso es que se puso de moda el reparto de una leche en polvo ( no hay ni doble sentido ni coña marinera) entre los escolares a la hora del almuerzo. Para muchos sería su desayuno diario ya que no lo habían hecho antes de ir a la escuela. Para otros, su primer desayuno lácteo ya que si  habían desayunado en su casa, habría sido otro alimento, patatas fritas o embutido o un trozo de pan con aceite y sal. Lo de la leche y la escuela tenía un relación mañanera y que venía de antiguo. Lo de mañanera porque había un reparto de leches por la mañana a aquellos alumnos que, formados en filas marciales no cantaran el Cara al Sol, himno de aquella época y que era de obligada entonación por decreto de la administración ( aunque si no hubiera estado don Teodoro, digo , don Tedoro, la administración se hubiera quedado sin la interpretación). El caso es que don Teodoro, digo , don Tedoro repartía unas leches extraordinarias a aquellos que solo hacían lo que hoy en día se llama Play Back y movían la boca pero no soltaban un gorgorito ni  medio. Don Teodoro, digo don Tedoro, dotado de un finísimo oído musical, se paseaba por entre las filas y , cuando detectaba a un mudito o a algún poeta que variaba a su capricho las estrofas y en lugar de decir, pongo por ejemplo, las flechas de mi ar...co, decía  aquello de ...las flechas de miar....zas, repartía una leche con carácter extraordinario y que no era incompatible con la de media mañana, más líquida y nutritiva. Lo de antigua porque la tradición del reparto de leches venía de tiempo inmemorial ya. La escuela de Tuéjar, Colegio Público Ramón Laporta, tenía en su primer piso, justo enfrente de la puerta que daba entrada a los escolares, una cocina con su chimenea como Dios manda. Y es que esa escuela, antes de ser tal, fue una de las pocas casas señoriales de la localidad. Como tal casa tenía pues su cocina y en ella, en grandes peroles se calentaba el agua y se le añadía la cantidad de leche que correspondía. Como la leche a palo seco no estaba muy apetecible, los críos se llevaban de casa envuelto en papel pequeñas cantidades de chocolate en polvo - ColaCao, Phoscao... eran las más conocidas- .  Enormes colas de infantiles cabezas esperaban a que las cocineras les fueran llenando el vaso con la caliente y nutritiva leche en polvo americana, luego, con su vaso de plástico, humeante, a la pinada a tomárselo y a jugar hasta que acabara el recreo y el silbato de don Teodoro, digo don Tedoro, nos hiciera formar las filas más o menos marciales para volver al aula.

 

¿Quién te ha visto y quién te ve?

La Moda de aquellos tiempos

www.tuejar.biz